Chau patrones de conducta. Chau fanatismos. Tenemos que aceptar que nos guiamos por instinto. Aceptar que hoy decimos una cosa y al cabo de 10 años terminamos cambiando de parecer, quizás incluso en menos tiempo. Debemos admitir que somos seres cambiantes y debemos adecuarnos al ritmo en que ocurren dichos cambios. Esto tiene que ver con la evolución, y nuestra capacidad (o no) innata para seguir la corriente de los hilos evolutivos.

La sociedad tiende a involucionar. A preferir lo anterior, lo conocido y rústico, lo que en un momento fue bueno y ahora resulta ser menos bueno o peor. Es como si nuestro miedo a lo desconocido, un sentimiento mínimo y poco necesario, nos atara en un lugar específico de la corteza terrestre y nos dejara ahí…anclados.

Solemos quedarnos atrapados en conceptos banales, con los que fácilmente justificábamos todo y podíamos cerrar conversaciones a dos patadas; a veces con solo una palabra, un único “yo soy así” o un “a mí no me afecta” para crear una armadura de manteca. Para que se ubiquen de lo que hablo, y no piensen que me he fumado algo o me pasé de vuelta con la nuez moscada en la salsa blanca, paso a explicar cómo cambiaron algunos conceptos y a lo que me refiero…

El antes discriminar y el ahora discriminar. No creo que el concepto general de discriminación sea inútil y antiguo y por ello debamos desecharlo, creo que el significado de la palabra cayó por su propio peso y la gravedad de la misma no representa lo mismo en este tiempo. Lo veo como ese “boludo” que antes resultaba una pésima palabra y que después de Verano del 98 pasó a boca de todos olvidándonos qué significaba en primer lugar. Esa misma palabra, “boludo”, también puede usarse en un contexto fuerte, insultando mal y pronto a cualquiera si la combinamos con un mal tono y énfasis en la “L”. Con discriminación es lo mismo. Antes decíamos negro/judío/bolita/gay (o sinónimos)/etcétera y se nos catalogaba de malditos xenófobos. Si me tuvieran que meter presa por cada vez que le he dicho negro a mi hermano, cargándolo por su tono de piel café tostado con leche de mono, y por cada vez que le he hecho un chiste pesado al respecto…creo que hubiera tenido que nacer en la cárcel, porque no alcanzarían los años propios para cumplir las condenas (incluso hablando de las cortas condenas penales argentinas).

Las palabras modifican su significado, lo grave pasa a ser leve y cualquier levedad pasa a ser grave según los ojos que miren y el corazón que sienta. Hasta que aparece el NUNCA DIGAS NUNCA, y nos raja la mentalidad a patadas. Me inspiré en algunas cosas que me pasaron en mi propia vida para escribir esta filosofada. Yo solía pelearme con la gente y cortar relación de un día para otro. Total, pensaba que así alejaba el “mal de mí” y que de alguna manera cortando por lo sano procesaba las rupturas más fácilmente. Resulta que durante vaaaarios años me encasillé en mi pensamiento, y me peleé con mucha gente. Otras personas, obtusas y un poco más primitivas de pensamiento, me incitaban a continuar siendo cerrada y me alejaban de una posible reconciliación. Años después, esas mismas personas me cagaron y se alejaron solas de mí.

Uno comienza a pensar en qué es realmente grave o no para no perdonar o para decidirse que sí se merecen el perdón. Uno con los años olvida y las heridas son solo piel un poco más brillante. Uno se pone en el lugar de otro y listo, ahí está la elevación espiritual, no hay que ir más lejos. Cuando nos planteamos la realidad de ser capaces de equivocarnos empezamos a perdonar. Y perdoné cosas que algunos piensan imperdonables, y me sentí completamente liberada y lista para continuar.

La mente es una máquina de crear grilletes. Nos encadena en comportamientos, en pensamientos…en personas y en personalidades. Nos pone trabas para que creemos llaves, no para que terminemos enroscados en nosotros mismos como el hombre elástico. Nuestra mente fue creada para pensar, y el pensamiento es libre de barreras y prisiones.

Sugiero liberarnos. Hacer por momentos lo que queramos y lo que realmente sintamos que queremos hacer. Dejarnos llevar, siempre y cuando no dañemos a nadie ni a nosotros mismos. Descabecemos nos sin perder la cabeza. Amemos a quienes realmente amamos y dejemos de pensar en cómo actuarían los demás. Puteemos a quien se lo merece y no contengamos ni la bronca misma, que incluso eso forma parte del proceso.

Perdonemos, porque nunca sabemos cuándo nos va a tocar pedir perdón. Y nunca digamos nunca.

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