Voy a hablar del amor, de melosa fémina que soy. Algo temprano considerando San Valentín, aprovechando que todos están menos endulzados por el engaño publicitario del mes diciembre y concluyendo un cúmulo de pensamientos asociados al mismo día, voy a intentar sacar algo bueno; algo al menos.

A ver como lo digo…para mí el amor no tiene definición. No hay receta, ni manera de vivirlo correctamente. No tiene edad ni momento oportuno de cosecha. Cae de las nubes, de abajo desafiando la gravedad, del este por la ruta 7…de donde le pinte según el humor con el que se levantó. Pero a diferencia de un rayo o meteorito o cualquier cosa que impacte con otra cosa, este nos cae encima a todos sin excepción. Y pega, pega fuerte.

El amor es curioso. No se puede luchar contra él para evitar que aparezca y nos condene a meses/años/días de puro y duro sufrimiento cardíaco (del bueno). Pero sí puede crearse, cultivarse y dejarlo cocinando si uno quiere. Uno se puede enamorar de maña nomás, solo porque tiene ganas de enamorarse. No se elije la persona, no de antemano al menos. Cae en el sujeto menos posible, en el menos pensado…en el que nunca viste de tal o cual manera. Azaroso y específico a la vez el señor amor.

Al amor no se lo encadena, no se le sube o baja el volumen a gusto e piacere. Si se lo hace…no sería amor. Para ser amor hay que vivirlo, o mejor dicho dejar que el amor lo viva a uno. Sacarle candado, llave y alambre de púas al corazón y dejar que se enferme y se vuelva a reponer solito. El corazón es como un niño: si lo encerramos de chiquito protegiéndolo de las caídas y enfermedades es más sensible que el pibito que vivió toda la vida en la calle tirado en el barro y jugando con perros sarnosos. Si lo protegemos demasiado va a tardar mucho más en rehabilitarse…y se los dice la que lo desprotegió desde que tuvo uso de razón.

Amar es feo y lindo a la vez. Es feo porque da vértigo, da esa adrenalina como caminar al borde del precipicio sintiendo tantas cosas buenas y horribles a la vez. Sintiendo que podés hacerte mierda al instante que pisés mal, o que venga otro a empujarte. ¡Pero qué lindo se ve el paisaje desde ahí arriba! Estás en lo alto, mirás a los demás con cierto aire altanero, como mostrándoles a los demás el juguete nuevo que salió en la propaganda de Cartoon Network. Tuyo y solo tuyo, el primer juguete que nadie te va a obligar a compartir. Con esa cara de felicidad que no te quita ni Cristina con la cadena nacional que interrumpe tus novelas o series favoritas.

Hay mitos sobre el amor que le quitan su verdadero encanto. De chico te lo pintan con estrellas fugaces y flores, como algo mágico y de otro planeta. Otra vez Hollywood no aporta un comino para cambiar este prejuicio, y es eso mismo que se nos cultiva lo que después hace que nos cueste tanto detectar ese amor y ser capaces de experimentarlo. Porque lo hacemos parte de la lógica y la mente, arruinando toda su esencia. Amor no es estar todo el día camoteando, no es besos babosos en el colectivo como presumiendo de las enzimas salivales. No es regalos todos los meses, visitas los 7 días de la semana ni llamadas 3 veces por día; al menos no como condición para saber si hay o no amor. No es cantidad, es calidad. Es hacer cualquiera de lo mencionado anteriormente pero cuando te nazca, no por obligación o como demostración de algo irreal.

Amor es confianza. Poder hablar de todo o casi todo. Poder discutir ese todo o casi todo en buenos términos sin terminar a plato limpio en la cocina. No es ser iguales o tener los mismos gustos. No es 100% lujuria ni es una demostración de a ver cuánto aguanta su calentura por los primeros 6 meses. Definitivamente no es una canción de Arjona. Es otra cosa diferente, escapa todo límite y estructura. Amor es sacrificio, en un 99.999% de los casos. No es cagar al otro, no es infidelidad. Es respeto.

Es diferente para cada uno, porque cada uno siente diferente y por ende ama diferente. No se puede medir quién ama más, ni quién ama mejor. El amor es absoluto. Solo se puede decir si se ama o no; y con el sí podríamos irnos a dormir tranquilos o a cantar canciones felices en la ducha.

Para mí, y repito ese “para mí” porque posiblemente alguien no sienta lo mismo, el amor es piel de gallina; es mente y cuerpo juntos en un momento o en una misma semana; es algo diario y sin presiones; es la libertad felizmente compartida; es tirarte de espaldas sabiendo que no te vas a desnucar como en Million Dollar Baby; es compartir y compartirte; es dure lo que dure sin importar cuánto dure; no es prólogo ni epílogo; no es conclusión ni arrepentimiento; es sentirse cómodo con esa otra persona en cualquier lugar. Muchas canciones lo dicen, y queda mejor dicho en inglés: “When i’m with you, it feels like home”. Hogar.

No estoy enamorada, no tengo en estos instantes ningún proyecto al respecto. No sé si quiero amar o no, y si tuviera algún deseo no lo diría, porque desear sobre el amor es en vano y carece de sentido. Algo que sí es certero para mí es que a pesar de haber sufrido horrores; haber despertado a cascadas de llanto a las 3-4-5 de la mañana por un amor pasado y reverendamente pelotudo; haber rogado a Dios o a cualquier poder superior que me ayudara a pasar el mal trago lo más rápido posible; haber jurado romper huevos a patadas de volver a verlo, etcétera, etcétera; nunca voy a dejar de creer en el amor y dejar de entregarme al mismo, de masoquista pelotuda que soy.

Ahora, un pequeño poemilla empalagoso:

El amor no pide, no critica. No condena

Solo da y no espera. Solo entrega

El amor es ciego, pero nunca pierde tacto: “Sentirlo siempre será más fácil que pensarlo”

El amor recuerda pero no tiene rencores; se enamora nuevamente a pesar de los errores

Él perdona y no injuria, no inventa, no envidia, en teoría no lastima

Un buen amor no se razona, se disfruta; y si duele, su ausencia se justifica

Sin amor… ¿qué sentido tiene vivir?

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