A veces, y solo a veces, hay que perderse para encontrarse.

Perderse, viajar, experimentar y volverse a perder. Dejar, abandonar, retomar y volver a dejar.

Siempre hay y habrá épocas de crisis en nuestras vidas. Siempre habrá dudas, porque sin ellas vamos de camino en la misma dirección y al mismo lugar: la rutina. Y la rutina es aburrimiento, y el aburrimiento es estrés…la enfermedad del siglo XXI. ¿Pero saben qué? No hay tal crisis. Nunca la hay. El “exit” o la llave que abre el calabozo estuvo siempre en el mismo lugar: frente a nosotros.

Para lograr eso es bueno ponerse en tela de juicio constantemente. Comprobar si lo que hacemos está bien o mal, si necesitamos un ajuste de tuerca, un tembleque de piso. Necesitamos que nos pasen cosas y hacer que las cosas nos pasen. Cruzarnos con personas, enfrentarnos a la vida y encarar el presente. No huir, no retractarse. Ir hacia adelante y afrontar problemas, causas con sus consecuencias.

Todo esto es el proceso de madurar. De dejar de creer en los reyes magos para los sueldos y en el hada madrina para cambios de look. Madurar termina siendo hacernos responsables de lo único que realmente somos responsables: nosotros mismos. Las demás responsabilidades son los unicornios de la vida, utopías. Se evaporan tan rápido como llegan dejándonos siempre con gusto a poco y con ganas de más.

Dejar los prejuicios también forma parte del proceso. Descontracturar el musculo cerebral. Te hace un nudo en la lengua que te impide volver a opinar y te abre los ojos para saber mirar. A cada hora, día, semana, mes y año que pasa vamos perdiendo prejuicios como si de despellejarnos se tratara. Cambiamos la piel y vamos dejando capas y más capas de opiniones alejadas de la empatía. Empezamos a entender y si no entendemos empezamos a desentendernos del entendimiento. Porque ¿quién dijo que hay que entenderlo todo? ¿Quién dijo que hay que aceptar todo lo que nos rodea?

Por más cursi que suene, también en el proceso de crecer está metido el empezar a pensar con el corazón. Vivimos una época de la historia del ser humano en la que menos tabús existen sobre los sentimientos y aún así más difícil la tenemos para darle rienda suelta al sentir. Evitamos llorar, evitamos sufrir, evitamos amar. Homo sapiens non amens. Me lo acabo de inventar, por si alguno se ofendió por este latín desubicado; pero el tema es ese, cada vez le esquivamos más a amar.

A amarnos entre nosotros, como familia y amigos. A amar a la pareja, para no involucrarnos y estirar la joda tanto como cordón umbilical tengamos. A amar a los hijos, para tener más tiempo de nuestras vidas sin tener que preocuparnos por traer a nuevos seres al mundo y así no tener que cargar con nuevos cargos.

Una cultura con más películas románticas hollywoodenses pero menos romance callejero. Menos valores, menos rosas. Menos barriletes y más masetas.

Y lo que pasa al soltarse es maravilloso. Se abre el pecho, ese cofre corazón cual caja de pandora. Libera todo, te libera.

Robándole al genio Liniers…

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