Día del examen final. Sí, otra vez la facultad presente en mi vida. Viviendo los nervios del año con uno de mis compis más compis de la facu. Sentados los dos en un pasillo de la facu, renunciando a repasar para evitar un colapso de conocimientos, charlando de las moscas que vuelan y los perros que ladran. En una de esas, llega la profesora que nos iba a tomar el examen. En uno de mis afanes por sacar nervios de mi cuerpo le tiro el comentario a mi amigo: “Ahora sí, voy a autoflagelarme al baño antes de que lo haga la profesora, ya vengo”. El otro estuvo tentado de risa hasta la hora de rendir el examen (obviamente por la imagen de la profesora con un látigo) y ejerció el efecto que quería: ninguno de los dos tenía nervios o al menos los canalizábamos mediante risas, dolores abdominales y alguna que otra foto graciosa subida a las redes sociales.

Obviamente el tema de autoflagelarme en el baño era joda (no tenía los materiales necesarios
en la mochila) pero me quedé pensando en el porqué de esa necesidad de golpearse, de tirarse abajo, autoflagelarse, cuando las situaciones pueden tomar rumbos tan distintos. Con qué facilidad se puede revertir una situación y dejar de verla como algo trágico.

Sumado a mis pensamientos estuvo el curso que hice de la fundación “El arte de vivir” y algo hizo click en mi cerebro. Todas las piezas se juntaron y entendí la frase ultra conocida de “el dolor siempre está, el sufrimiento es opcional”. ¿Puede ser posible que la causa del fracaso sea uno mismo? ¿Somos tan salames que llegamos a ser nuestro propio obstáculo o de sufrir por el simple hecho de querer sufrir?

Yo lo creo así desde la semana pasada. Creo que existe dentro de cada uno de nosotros un
pequeño duende verde que nos indica que disminuir nuestra autoestima y caer es bueno, y es ese mismo duende la causa de que fallemos, nos caigamos y nunca lleguemos a la meta. Es sabido que cuando decís no, el universo dice: “listo dijo no, dejálo y que así sea”.

Vamos a diferentes casos.

Día 585 del noviazgo. Sentados los dos en el auto, rumbo a casa de sus padres para cenar. Noche mendocina, semáforo de la calle Boulogne Sur Mer. Charlan. Ella pregunta lo mismo por décima quinta vez en este mes: “¿Vos realmente me amas?” Duendecito verde interior dice: “No me quiere, no sé si me quiere, voy a preguntárselo una vez más a ver si en esta oportunidad está distraído y me dice que no”. El que busca encuentra. Qué pregunta pelotuda esa del querer o no querer, porque en definitiva el que pregunta está esperando con ansias que le respondan: “no, no te quiero más”. Típico auto-boicot.

Vamos a otro caso, más del tema estudiantil. Antepenúltima mesa de examen. 35 días de estudio, 145 termos de mate (110 de ellos incorporando hojas de tilo), 5 atracones con facturas de dulce de leche, 3 amigos vistos, 13 salidas rechazadas y las últimas 2 noches usando melatol y la gotita para pegar un ojo. Una apariencia deplorable y una cara de pánico símil mujer de Psicosis al ver a la profesora/profesor. Entra el primer alumno de la mesa, sale y preguntás: “¿fue difícil? ¿Qué te tomaron? ¿Es aprobable? ¿Está idiota la vieja?” Para qué preguntar semejantes cosas si vas a terminar averiguándolo por vos mismo, no sé…digo yo. Quizás el chico desaprobó porque no estudió lo suficiente, quizás el hecho de que desaprobara uno no quiere decir que todos los que vengan después lo van a hacer. El duende verde dice: “si el chico desaprobó, hay un 99.9999% de que me pase a mi también”. Y así tiramos al inodoro todo indicio de autoestima, estudio y ganas de aprobar.

Caso número 3 y uno de los más comunes de todos. Hombre de 30 años de edad, 4 años de
experiencia laboral, doctorado y maestría, promedio 9.5 en la facultad. Llega a su segunda
entrevista de trabajo de la empresa en que presentó el currículum. Ya pasó la primera, lo que
indica que está dentro de los preseleccionados para el puesto. Probablemente sea el mejor de los postulantes. Un problema: es experto en el arte de boicotearse. Un día antes está nervioso y el duende verde le indica que hay 9 postulantes mejores que él. Se siente rendido. Al otro día
“sin querer se queda dormido”, llega tarde a la entrevista y no le dan el trabajo. ¿Casualidad?
¿Torpeza? ¿Acto fallido?

Miles de casos más en los que el duendecito verde nos gana y terminamos cediendo por no saber enfrentarnos a nosotros mismos. ¿Lo ideal? Confiar siempre, si no es en uno mismo puede ser en el currículum, en los apuntes o en el amor que damos, cualquiera sea el caso que nos ataque. En definitiva terminamos siendo los únicos responsables de lo que nos pasa, y podemos manejar nuestras vidas mucho mejor de lo que lo venimos haciendo. Podemos tirarnos a llorar por un amor pasajero o levantarnos, empilcharnos y volver como nunca al mercado de cabezas de ganado. La decisión y la diferencia radican en cada uno, y que tan experto nos hacemos en el arte del autoboicot al tirarnos en manos del destino y no mover un dedo sobre nuestras vidas.

Podemos ir a autoflagelarnos al baño, o cambiar la actitud e ir a pegarnos unos golpecitos en la cara para avivar esa palidez nerviosa que nos caracteriza en momentos críticos. The decision is nuestra.

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