Madurita, por decirlo de alguna manera. Vendría a ser esa fina línea entre una pendeja manejada por las hormonas y una semi vieja atrasada en su reloj biológico. Es la transición más cruda, menos asumida y mejor disfrutada de la mujer en la cual, si se sabe manejar bien, puede explotar la soltería hasta su máxima expresión, el sexo antes de que te embaracen o el noviazgo antes de tener que cocinarle todas las noches.

Primer señal: el síndrome de piel reseca. Mátense de risa, pero nunca nos vimos tan preocupadas por la humectación de nuestras pieles. De repente nos preocupan cosas tan insignificantes como las cutículas de las uñas, los talones y/o codos y los exfoliantes corporales. Ni hablemos de las cremas antiage y el pánico al daño del sol. Durante años tomamos sol como inconscientes embadurnadas hasta en aceite de oliva sin preocuparnos por las futuras arrugas y de repente nos agarra el soponcio por comprarnos todas esas cremas de catálogo. Cremas que antes comprábamos según el olor rico o feo que tenían, y ahora compramos según su FPS, con o sin agua termal, con o sin bendición del monje budista del templo en el medio del Himalaya y con o sin maquillaje no graso para el día a día. Yo lo llamo estrés dermatológico.

Segunda señal: necesidad de independencia habitacional. Mientras vivíamos en la comodidad de nuestros hogares sin problema ahora nos resulta indispensable conseguir nuestro propio lienzo a decorar, nuestro nidito de…soltería (porque el amor no suele llegar aún en todos los casos) y en realidad, aunque no quieran admitirlo, nuestro propio basural donde tirar lo que queramos donde queramos sin que nadie nos esté diciendo donde deberíamos ponerlo. Se convierte en necesidad para desarrollar nuestra personalidad y obviamente nuestros quilombos mentales. Para ponerlo más claro y gráfico, la mujer necesita un lugar donde colgar sus bombachas sin que nadie le diga nada y necesita también caminar en pelotas desde el baño a la pieza sin preocuparse porque no la vean los amigos de su hermano.

Tercera señal: movilidad. En casos alternativos y cada vez más comunes en el país en el que vivimos, esta independencia es casi imposible. A no ser que trabajen como secretaria de algún político o gerente importante o sean super sexys famosas y atrevidas, la money no alcanza para vivir solas y viene de perlas conseguir un autito que te permita aunque sea escaparte del hogar compartido los fines de semana y crear un espacio propio en el baúl, cosa que todas sabemos que es perfectamente posible. El autito te facilita la vida. Cosa linda che, eso de poder manejarse sin responder reclamos de nadie. Divino total el tema. Es tu primogénito, carne de tu carne, chasis nacido de tus entrañas… hasta a comprar el pan vas con el tutú.

Cuarta señal: independencia económica. Porque teniendo todo o parte de lo anterior no vas a andar pidiéndole platita a mamá y papá. No nena, que ya estás peludita. No hay economía familiar que banque todos esos zapatos, carteras, pañuelos, remeras, rimmel y etcétera que necesitás como canasta básica femenina. Necesitas tu propio ingreso aunque eso signifique vender sábanas de Spiderman o traficar corpiños en el micro. Algo vas a hacer pero la plata no te va a faltar, no tiene que faltarte ¿oíste?

Quinta señal: la sensibilidad al frío. Qué turras éramos para vestirnos en la adolescencia con las minifaldas y puperas (poniéndole que fueras “pupera apta”); ¡y qué frío nos agarra ahora cuando salimos de noche! Salíamos sin cartera, con el DNI trucho en el bolsillo del pantalón (en el mejor de los casos) y no dejábamos la campera en el auto…no, no… ¡en la casa! ¿Se acuerdan? Ahora salimos emponchadísimas. Hasta medias finas y segundas pieles nos ponemos. Pagar un guardarropa no es nada alocado mientras el frío no penetre un centímetro de nuestra piel.

Sexta señal: las relaciones con los hombres. Acá encontramos la señal más irrefutable de que pertenecés al rango etario del que hemos hablado hasta el momento. Si bien nunca vamos a saber qué queremos, porque la naturaleza nos hizo hermosamente indecisas, ahora hay cosas que se van liberando y modificando. Ejemplo, como manejas el sexo con los hombres. Pensemos en la situación de conocer un chico a los 16. Te daba un beso y el chango intentaba simular una indagación policial de tanta mano que quería meterte. Vos parecías un pulpo intentando correrle todas las manos como espantada por lo poco caballero que era el muchacho. Ahora en tus ”medios veintes” sucede que si conocés a un guachin interesante y este no te intenta meter mano mientras salen las primeras veces les contás a tus amigas (en tono aterrador y con cara de circunstancia) que el sujeto sorpresivamente te respetó mucho; “¿será que no le gusto tanto?”. Y mientras antes esperábamos hasta el 3er mes saliendo por lo menos para avanzar hasta el cielo de la rayuela, ahora hasta nos cuesta a nosotras llegar a la tercera cita sin que nuestra curiosidad nos mate y podamos saber bien que hay en el interior (literalmente) del chico que estamos conociendo. Libertad sexual lo llaman, creería.

Séptima señal: el tipo de salidas que nos gustan. ¿A qué me refiero con esto? A que antes cuando nos preguntábamos a dónde queríamos ir un fin de semana era sabido que en realidad la pregunta era a qué boliche queríamos ir. Estaba fuera de discusión no salir a bailar. Hoy la pregunta se responde con “algo tranqui, pero a donde se pueda charlar” o “tomemos algo y después vemos que pinta” o incluso en casos cada día más frecuentes “nos podemos juntar a comer algo en mi casa y jugar juegos de mesa”. Y es que nos volvemos intolerantes al volumen de la música y al olor a pucho; y ahora buscamos calidad de juntada por sobre todas las cosas, momentos de reflexión y risas en lugar del ritual de apareamiento del cheboli.

En fin, hay que vivir para contarla. Mi consejo de fin de nota es que aprovechen todo lo que puedan esta edad. Después lo que viene no es malo, pero sí diferente y toda etapa merece ser vivida a pleno. Déjense los tacos en la pista de baile, las bufandas por lo menos en el auto y digan sí a las citas a ciegas aunque esto signifique conocer chicos sin dientes y con algunas cabezas menos de altura. Total, no se sabe qué es lo bueno hasta que se conoce lo malo ¿no? ¡Hasta la próxima, bellas!

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