Advertencia: esta nota la escribí hace un par de años. Nótese que no es el mismo lugar en donde estoy ahora. Ahora si…prosigan.

Un día común de los míos, salgo tempranito de mi casa para llegar tempranito a la facu. Preparada y lista para tomarme dos micros hasta llegar a mi meta diaria, me llevo el celular cargadito de batería para distraerme con mi medicina psicológica preferida: la música.

La llevo cerca siempre, con los auriculares al mango, me despeja, prestando cero atención a lo que me rodea (e intentando no ser atropellada en el intento). Pongo el playlist de siempre, las canciones de “mi momento”: Adele para mal de amores, Jesse J para ponerme “pum para arriba”, Norah Jones para sedarme… Ya escuchadas mil veces las voy cambiando hasta encontrar una que pegue con el humor del día, o con el que quiero tener en ese momento. Paso una, paso dos…y no encuentro una que encaje. En el camino mientras me decido llego a la conclusión de que las tengo todas escuchadísimas, me cansaron las mismas melodías de todos los días.

Entonces quizás la radio me depare un futuro mejor. Pongo y sintonizo la radio en el chelu y las mismas canciones. ¿Nada para escuchar hoy? Apago la música. No más por hoy.

Me subo al bondi de siempre, disgustada y solitaria, porque la música ya no me acompaña y tampoco deseo que lo haga. Entonces se sube el guachi y pone el altavoz con la cumbia más chongui de todas las existentes: “que te hago toda la cola”, “que en barrio nadie se la aguanta”, y demás exquisitas letras. Lo miro mal, con bronca. No tengo mi música y no quiero esa tampoco. Por instinto el guachi saca un parlante portátil y lo enchufa al celular, ahora esa deliciosa melodía me atormentará los oídos por los otros 40 minutos de viaje que me quedan.

Más tardecito, cuando la noche y mi estado mental me están recordando lo tarde que salí de la bendita facultad; llego a mi casa. Luego del relax, compu. Veo la música que tengo en el reproductor, toda escuchada. Habrá que ir al baúl de los recuerdos, esa carpetita en dónde vas clasificando todos los ritmos que alguna vez también te cansaron pero por respeto al artista o a los recuerdos que te dieron guardaste. Hago una búsqueda rápida y encuentro un par de “hitazos” de esos que son del año pasado pero parecen ser clásicos a estas alturas. Al chelu nuevamente.

La música en los últimos tiempos se hizo desechable. Música comercial, de momento nomás…La escuchaste por primera vez en el boliche y se te re pegó, la repiten en la radio todo el tiempo, la ponés en tu mp3 y te la escuchás unas mil veces durante una semana. Llega el fin de semana y te pudre escuchar lo mismo, a la carpeta de “Viejos” y vamos andando.

Soy consciente de que la razón verdadera de esto es que la música ahora se baja, no se compra y por lo tanto es gratis y como todo lo gratis: NO SE VALORA. Pero también es verdad que la mayoría de los artistas hacen música para vender y no para conquistar al oyente como antes. Las letras son sobre lo que haremos el viernes por la noche o lo fina de la tanga, los ritmos todos onda Pitbull y los videoclips con mujeres reducidas en ropa en una playa o (insólitamente) en un desierto.

Por eso vuelvo siempre a la carpeta de clásicos. A lo romántico NO cursi, a lo movido sin punchi, al rock and roll con guitarra parlantes y a los latinos que recuerdan noches de 24 de diciembre con bailantas en familia. La música vestida, misteriosa…esa que nos hacía descubrir sonidos nuevos a cada momento. Señores artistas, necesitamos volver a apasionarnos, y: ¡Que no sólo vuelvan los lentos, que vuelvan también los “inspirados”!

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