La verdad verdadera es que me cuesta horrores encontrar la manera de contarles sobre esto. Me faltan palabras de todos los idiomas que sé para definir lo que experimenté con Taglit.

Quizás el mismo significado de la palabra me ayude: Descubrimiento.

Taglit es un programa diseñado para que jóvenes de entre 18 y 26 años descendientes de judíos se pongan en contacto con Israel y lo experimenten como segundo hogar. Filántropos locales, internacionales y el estado de Israel nos pagan un viaje para que conozcamos el sentimiento Israelí o Judío. Como cada uno lo sienta. Viaje, estadía, comidas y tours. Los mejores, más divertidos y enriquecedores tours. El más cultural, emotivo y revelador de los “viajes de egresados”

Pronosticado por el primer rabino que conocí, y para mí uno de los mejores, Felipe Yafe (sí, creo que así se llama), fue un descubrimiento más personal que del bello país que es Israel. Él nos dijo en una charla previa al viaje: “Ustedes no lo saben, pero internamente esto es más una búsqueda por descubrirse ustedes mismos, que a la tierra de Israel. Y qué mejor que la tierra de la que provienen o es o fue el hogar de sus ancestros.”

Esa fue una linda indicación de lo que sentí durante el viaje. Que me hervía la sangre, esa que durante mis 25 años de edad había ignorado o desconocido. Que se me abría el corazón, y se expandía por el universo.

Iba escéptica al principio, pensando que me iban a arrastrar a la religión judía. A mí, la anti religión. La que odia encasillar la fe y creer solamente en una sola cosa. Pero esto fue todo lo contrario. ¿Lo único malo que tienen este viaje saben qué es? Que se termina y no dura toda la vida…

Nos explicaron sobre el conflicto árabe israelí en una tarde previa a una salida nocturna. 3 horas se suponía que tenía que durar. 5 horas duró y no queríamos que se terminara. Todos allí sentados frente a un mapa, una clase de historia a la que no teníamos porqué quedarnos ni prestar asistencia.

Nos llevaron al museo del Holocausto, Yad Vashem, del que probablemente escriba otra nota más larga, y se nos ponía el pelo de punta. Se me helaba el alma con los trajes a rayas y los testimonios de los sobrevivientes. Las lágrimas me brotaban como catarata del Iguazú al ver las listas de apellidos que perduraron…o no.

Nos volvimos locos en los “Shuk” o mercados. Comimos falafel y shawarma sin considerar las calorías. Fumamos narguile mezclado con pretzels y cerveza israelí. Saltamos y cantamos en el muro de los lamentos rodeadas de mujeres soldado con ametralladoras al hombro. Así de bizarro como suena.

Conocimos y experimentamos la vida en uno de los más bellos países del mundo. Convivimos con su gente, su soldados y nos enamoramos de la experiencia. Me atrevo a asegurar, que incluso el que no cree en nada, el que no siente ni ha sentido nada, aquel que dude hasta de su propio apellido, sintió algo fuerte en al menos una de las etapas del viaje.

En esa travesía yo sentí que crecí un poquito más junto a mis compañeros, los cuales fueron y seguramente serán no solo amigos, sino hermanos en alguna especie rara de hermandad sanguínea. Sin olvidar a aquellos que provenían de Buenos Aires, tengo que admitir que mis compañeritos menducos fueron la cereza de la torta. Diferentes entre sí pero parecidos.  Especiales cada uno a su manera. Joyitas. A todos los adoro, de alguna u otra forma.

Tuvimos a Gabi. El guía. George de la Selva. El profeta diríamos nosotros. Que nos guió en todo el sentido de la palabra por varios caminos. “Complexo” de explicar, nos hizo reír y nos hizo llorar. Logró conmovernos con sus relatos de guerra y despertarnos a las 4 am sin que resonguemos. Nada hubiera sido lo que fue sin Gabi. He dicho.

No, no me olvido de nuestros coordinadores. Los madrijim Amir y Yanu. Expertos en hacernos pasar vergüenza, “escracharrar” a todos en sus fotos y obligarnos a hacer lo que a veces costaba hacer: despertarnos temprano, guardar energías, mantener el alcohol a raya, etcétera.

Y es raro, quiero contarlo todo y reservarlo también para la complicidad del grupo 769. Me quedo con que por suerte, y mientras viva este presente, nadie va a poder quitarme esto que viví. No hay foto que se compare a lo que fue la realidad. No hay nadie que quite mi sentimiento de amor y hogar hacia Israel y hacia el pueblo judío.

Porque me fui huyendo de reconocer mi sangre y, en cambio hoy en día me encontré, logré descubrir que soy un lío de adjetivos, verbos y nombres, pero entre todo eso… Soy Judía. Hasta mi último rulo y la punta de mi pronunciada nariz.

Gracias totales

A todos aquellos que tengan al menos un abuelo judío y quieran experimentar lo que yo viví…links:

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