Situaciones incómodas si que las hay, y no hay peor cosa que el día en que te decidís a enseñarles a tus papis el “beautiful disaster” que te besuquea últimamente. Personalmente, en mi caso, nunca he sufrido de tantos nervios como los que tenía ese día. El horror reencarnado en mi estómago se ocupó de darme unos retorcijones tremendos durante toda la previa-cena-sobremesa; y mis padres con sus cuentitos sobre mí no fueron menos.

La cena fue tipo 9, yo a las 7 ya estaba bañada y sentada en el sillón de al lado de la puerta esperando que el personaje de la película aparezca. Pensando: y si viene mal vestido, y si llega tarde, ojalá que no entre fumando, que se haya afeitado, etc… Nervios.

Cuestión resumida: apareció pulcro y bien peinado, afeitado, de camisa y mocasines. Una pinturita. Y yo tan nerviosa por él, cuando lo que realmente iba a ser desastroso eran las historias que mis padres tenían preparadas para contar y transformar mi cara del “pálido histérico” al “rojo trágame tierra”. Bajo pseudónimo las enumero:

  1. Se sirve la cena; no importa lo que comimos porque realmente de los nervios no podía probar bocado. Silencio incómodo. Y mi señor padre comenta: “¿te acordás que Madame cuando era chiquita no comía nunca y la llevamos al médico y dijo que la dejáramos comer con las manos y como ella quisiera? Ella al final se servía los fideos con tuco en el agua, lo mezclaba con la sopa y después se tomaba todo el vaso de menjunje. Nunca más tuvo problemas con la comida, sino más bien lo contrario… no podíamos sacarle el plato de encima por miedo a que mordiera”. Risas. Cachetes rojo suave. Cara a 80° sur.
  2. Continúa la humillación. Mi padre nuevamente: “Monsieur (pareja de yo) no sé si Madame te contó que mi hermano tenía camiones y un día nos prestó uno. De locos que éramos nos fuimos de vacaciones a San Rafael con el camioncito. No tuvo mejor idea la Madamita que hacerse caquita encima a la mitad del viaje. ¡Un olor! Tuvimos que parar en una estación de servicio, cambiarla y ponerle pañales con 5 años de edad.” Carcajadas. Cachetes rojo pimiento morrón. Cara a 65 ° con leve inclinación hacia mi padre y mirada de: No podés…
  3. Cuando pensaba que todo estaba por terminar salió el tema de los mariscos. Yo ya me lo esperaba. Contó mi madre con lujo de detalles la anécdota de aquellas vacaciones en Chile en las que luego de quedarme encerrada en baños públicos 3 veces (dos en el mismo restaurante) me sirvieron machas a la parmesana y cuando probé la comida empecé a gritar desaforada: “¡Me mordió el bicho! ¡Me mordió el bicho! Causando terror en todos los niños del lugar.” Club de la comedia… un poroto. Cachetes rojo gringo bronceado. Cara a 25°, postura del tipo caracol. ¿Por qué diosito…por qué?
  4. Dije para mis adentros: esto debe estar por terminar, ya se viene el postre dejemos de joder. Pero no. La circuncisión de mi dignidad estaba en su plenitud y prosiguió hasta llegar a su tope cuando contaron de mi problema con la detección de puertas y paredes en mi camino. Comentaron mi primer choque con el auto; la vez que me idioticé y por caminar rápido me tragué un disco PARE de la vereda; la cabeceada que le pegué al vidrio de mi abuela terminando con 6 puntos en la cabeza. Nada podía ser peor, esto era la prueba de fuego: si me seguía llamando después de esa noche era el elegido.

Y lo fue. Aunque no sin tomar provecho de la información y usarla meses después para chantajearme. Mi aprendizaje: tenés dos opciones, o te arriesgás y usás a tus viejos como prueba de fuego; o te armás una listita de todas las cosas que no querés que se mencionen durante la noche. Sin importar lo que elijas, tu destino está en las manos de tus progenitores. ¡Suerte!

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